Gabriel dice
El olor de las horas
Un trabajo no es un trabajo.
Para nosotros un trabajo es algo serio y entonces ya no es un trabajo. O es broma y tampoco es un trabajo.
Es algo para disfrutar tan de raíz que luego ya no es un trabajo. Nos reiríamos si alguien nos recuerda eso.
Reconoceríamos que es un trabajo si algún listo no quisiera pagar.
En ese caso admitiríamos ante un juez, sólo ante un juez y muy a nuestro pesar, que es un trabajo y debemos cobrarlo. Pero quizás, para evitar ese mal trago, algún día nos encojamos de hombros delante de los vivos, les dejemos nuestra muestra gratis y pasemos al siguiente trabajo buscando mejor suerte o puntería.
Vidrio empañado
Así como el pescado no debe sufrir interrupciones en la cadena de frío, Catalina creció en su adolescencia al amparo de una serie de noviazgos que le impidieron disfrutar de la soledad.
Siempre se habla de los buenos consejos recibidos a tiempo, pero en realidad se ocultan los que no sucedieron. Un poco por pudor, y otro poco por falta de voluntarios. Entonces las fichas caen cuando ya no pueden sostenerse allá arriba en la pila acumulada. Parece algo fatal. Uno lucha contra eso pensando en todo lo que no se tiene en cuenta pero que existe, que cambiará lo que presagiamos. Lo que hicimos fue disfrutar de su compañía. Fuimos sus novios en cuánto pudimos. Coleccionamos lágrimas secas. Somos melancólicos. El presente es una entidad a la que se le hace difícil competir en felicidad con sus colegas.
Así pensaba mientras iba hacia un velorio donde había grandes posibilidades de encontrarme con el presente de Catalina. La reflexión sobre ella era consecuencia de una conversación mantenida con alguien que la había visto desmejorada.
Pero empecé a dudar de los comentarios de esta persona porque su visión del mundo es una porquería y desmejorada podía llegar a ser un elogio. Decidí desechar mis conclusiones a la espera de un contacto directo. Uno no debe adelantarse.
La señorita cantante
Durante estos nueve años, cambió tres veces de correo. Esta es la cuarta. Soy afortunado. Ser de aquellos que todavía reciben su nueva dirección de contacto. El borrón y cuenta nueva corresponde al abandono de gente que ya no soporta. No hace falta mucho para que te saque de su vida, esa es la verdad. Un gesto a destiempo, una llamada olvidada es suficiente.
Escribe desde lugares distintos y distantes. Una vez estuvo en Polonia. Es cantante. Su fuerte es la interpretación de canciones compuestas por mujeres o inmortalizadas por ellas. Desde Violeta Parra hasta Édith Piaf. Pero también Samantha Navarro o Regina Spektor. Tuve la suerte de verla en muchas ocasiones. Cuando los boliches cierran las puertas y queda cenando con músicos y amigos, se transforma imitando a Mercedes Sosa o a Cat Power. Es muy buena en eso.
Una vez llegué a pensar que teníamos algo. Yo andaba a la baja en mi relación de ese momento y ella me dirigía miradas entre tema y tema. Se sentó a mi lado al terminar. Era todo sonrisas y confidencias; yo me relajé estirando las piernas y pidiendo otra al mozo cada vez que venía para este lado. Al rato me dí cuenta que en realidad era un punto de apoyo hacia otro objetivo, ubicado en el otro extremo de la sala. Aquél día dormí solo y ella con su circunstancial meta. Hoy el señor me escribe diciendo que le rebotan los correos que le envía. ¿Cambiaría los papeles con él? No, pero usted no tiene por qué creerme.
427
Té en tres minutos
Mudanza
Libro de tapas duras
Vidrio por medio
Si colgaba el saco con una bufanda verde, era todo verde ese día. Si campera verde pero bufanda marrón, mejor no cruzarse con él. Pero siempre era divertido. No en el sentido de los que saben qué decir a cada momento. Era cómico si lo podías leer.
Yo me enteraba con quién hablaba por teléfono, vidrio por medio, por las caras que ponía; era actor y nunca nadie se lo dijo. Tenía cinco gestos para madre, siete para mujer, tres para hijo y unas cuántas para hija menor. En lo que a mí respecta se manejaba por tonos de voz. Yo le gustaba como secretaria por eso. Lo sabía entender. Por eso me bancaba los errores de ortografía. Y además, si yo perdía algo, él también se ponía a buscar. Ay Carmela, me decía, y se reía después.
Patio chico
Tenía tres repasadores de cocina en una palangana con agua caliente. Agregué hipoclorito perfumado y empecé a girar la mano abierta. Ella me observaba con curiosidad infantil. Entonces me acerqué a su oído, sin interrumpir mi trabajo, como quien prepara una confidencia.
- Los tengo engañados, les hago creer que están en un lavarropas.
-¿Funciona?
-Claro, quedan como nuevos.
A mí también me pasó.
Entro a una pinturería un sábado de mañana. Los tipos abrían a las nueve y ponele que llegué a las nueve y veinte. El loco que atendía: veinte años, cara de película de adolescentes norteamericanos en Hawai, despeinado, muy atento. La música anglo que viene de una radio es acompañada por sus movimientos sutiles mientras camina en busca de una engrampadora y una lista de precios.
En la puerta está todavía la cerradura portátil; una igual a la que uso, que funciona para aberturas de vidrio, con una base ahuecada de goma que entra a presión, y la parte que complementa con la cerradura propiamente dicha.
Pienso: mirá vos, no soy el único que se olvida la base después de abrir. Así que la saco de la puerta y la llevo hasta el mostrador delante de sus ojos, acompañado por un “Te la dejaste ahí adelante” Complicidad canchera de quien sabe, de quien ha pasado también por esa situación.
El me miró con su cara más normal y dijo: “Muchas gracias, señor”
De eso hace tres años.
Todos los días paso con el ómnibus por la puerta. Siempre está ahí la base, las 24 horas, jamás la sacan. Al parecer no les ha causado problemas.
La consulta
La paciente dice que la medicación homeopática
no le está haciendo efecto.
El médico consulta la forma en que la toma
las horas, las comidas,
si se olvida alguna vez.
La paciente, que se olvida casi siempre,
dice que todo bien: miente.
No sabe ya que es verdad y que es mentir:
una forma de pensar vieja.
Ella se ríe siempre que se acuerda.
La paciente dice que la medicación homeopática
no le está haciendo efecto.
El médico consulta la forma en que la toma
las horas, las comidas,
si se olvida alguna vez.
La paciente, que se olvida casi siempre,
dice que todo bien: miente.
No sabe ya qué es verdad
y qué es mentir.
El médico cambia de recetas.
La paciente comenta todo con sus amigas.
Murakami
A veces, cuando avanzas en silencio por paisajes tan desolados, pierdes la cohesión como ser humano y te sobreviene la alucinación de que te vas disgregando progresivamente. El espacio que te rodea es tan vasto que es difícil mantener el sentido de la proporción con respecto a la propia existencia. ¿Me comprende usted? Mi conciencia se iba dilatando junto con el paisaje y acababa por ser tan difusa que no podía mantenerme aferrado a mi cuerpo.
de CRÓNICA DEL PAJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO
HARUKI MURAKAMI
Miércoles 6:11 am
Las empanadas de membrillo que hice anoche quedaron un poco duras. Una manera de comerlas es la siguiente: apretarlas dentro de una mano para que vuelvan a ser aceptables para los dientes, como cuando las saqué del horno. En ese momento no se podían tocar por la calentura del relleno. Luego pasaron por un estado ideal, fueron tibias como palabras de aprecio, hasta que la masa empezó a endurecerse. Ahora de mañana las quebré con las yemas. Las desayuno con el placer que da el dulce junto a la promesa de lo que viene.
Quería registrar el sueño reciente donde escribí un cuento digno de un escritor o de algún otro asesino tierno que no conoce su condición. Pasaba por los temas que relataba sin sentido, pero unidos entre sí por una energía sigilosa, como de zurcido invisible.
Estaba en un taller de letras con unas diez personas, sintiéndome apurado porque no tenía texto y la ronda había comenzado. La sala estaba llena de profesionales de la lectura entrelíneas, con opiniones de esas ocurrentes y graciosas que brinda el ejercicio intelectual avanzado. Yo soy muy básico pero aprendo rápido los códigos sin detenerme a pensar si me gustan. Los tengo dentro mío y los quiero como si fueran míos. Pero es un recurso. Si aplico algún tipo de filtro personal quizás sería distinto. A quién le importa. Ahora ya soy otra persona, tengo esos códigos y los quiero.
Lo que conseguí para escribir de apuro fue ese papel negro arrancado de una revista. Me inspiré con la libreta de anotaciones donde saco el jugo a las situaciones que me toca vivir, que de un lado del mostrador son rutinarias pero de este otro lado no lo son para nada. Redacté con birome común azul sobre la hoja oscura de manera que para ver había que inclinar el papel hasta encontrar las palabras con el reflejo de la luz. Por esa razón sabía que mi lectura se entrecortaría y sonaría como esas personas que nunca pudieron cristalizar un discurso decente por problemas de aprendizaje no resueltos. Pero a quién le importa, luego de un tiempo eso es una estadística.
Estoy en una parte donde el sueño empieza a desdibujarse, pero recuerdo a un compañero con problemas de hora que debía irse. Esos casos que todo el mundo sabe de que se trata pero nadie encuentra la manera de comentarlo de una forma elegante.
Pero yo estaba en algo, lo sé. Tenía un comienzo. Cuando desperté conservé por unos segundos la ilusión de haber escrito dormido y encontrar ese papel negro garabateado sobre la cama, pero ya veo que no es así, tengo que levantarme a escribir si quiero recuperar al menos un poco de todo aquello.
23 y 59
Todo lo que pude aguantar fue 1 hora 47 minutos desconectado del chat. Me había prometido una semana de silencio para olvidarla, para obligarme a no ver su nombre en la lista. La mitad de esa hora y pico la pasé llorando. La otra mitad yendo al baño a sonarme la nariz. Luego me conecté y dije.
¿Cómo andamos?
Ella me contesto algo rápido y líquido para que yo pudiera tomar. Quedé otra vez bajo su dominio. Así anduvimos, como todas las noches. Picoteando los temas de siempre. Pero ocurrió algo distinto.
23 y 59 entró la muerte al chat.
Me abrió una ventana con tres puntos suspensivos, nada más. Ya me habían hablado de ella. Aparece como un punto rojo brillante que se va oscureciendo cuando te viene a buscar. La muerte siempre está ocupada. Jamás la vas a ver ausente o conectada. Cuando el punto llega a negro te agarrás el corazón, te empezás a pelar.
Debe haber algún error. Escuche doña, yo recién lloraba por ella, no me puede pasar. Le pedí que chequeara, que se fijara bien, le pregunté si se podía apelar. Ella se limitaba a darme datos sobre mí que nadie sabe, sin contestar. Como si yo dudara de su identidad. La tarada por la que lloraba me preguntaba boludeces, me tiraba caritas, la quería matar.
Debe haber alguna manera, doña. Mire las cosas que estoy viviendo, me falta mucho todavía.
¿Cómo podemos arreglar?
Me envió un archivo adjunto. Me pide la firma y no se habla más.
Era una prórroga. Un generoso ofrecimiento. Un extended play. Leí la letra chica pero firmé igual.
Supermercado
Sé que me oíste
mientras buscabas otro vidrio
en la góndola.
No sigas de largo
no te alteres.
Todos escuchamos cosas.
Hagamos un trato.
No te juzgo
por lo que tuviste que hacer
en tu último trabajo
para seguir adelante.
No me juzgues hoy
por ser una aceituna
en un frasco.
Uno siempre mira las cosas que hace la gente.
Uno siempre mira las cosas que hace la gente.
De gurises subimos al ómnibus deseando asientos vacíos, y si es posible, con ventanilla. El último disponible estará en el fondo, aquel de cinco lugares. Podría ser el segundo contando de la derecha o de la izquierda.
Uno se resigna pensando que por lo menos viaja sentado y se calza entre los hombros de los vecinos. Como un pie que entra en un zapato. Respiramos profundo, cualquiera de los cinco, y los demás nos enteramos al instante.
Un día nos toca vivir la misma escena pero en otro papel. Quizás pasaron unos años y ya miramos menos por la ventanilla pero igual la buscamos. Somos ahora el que está al fondo a la izquierda. El que tiene vista preferencial para ver las caras de la gente que toca timbre y baja. El último asiento libre está al lado nuestro pero el que llega como para ocuparlo lo mira un poco y decide quedarse parado. También el que subió después, y el siguiente.
Uno siempre mira las cosas que hace la gente. A veces prefieren viajar parados.
Uno empieza a pensar en eso.
En eso, y en dejar el calzador sólo para los zapatos.
